miércoles, 31 de julio de 2013

Mi árbol de Bodhi

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Llevaba semanas con una obstrucción en el desagüe del lavadero de mi cocina. Llamé al gasfitero y me dijo que no podía ayudarme, porque no identificaba ningún daño, que el problema seguramente era en las cajas externas (vía pública), y que debía llamar a la empresa de agua potable y alcantarillado. Así lo hice.
Ayer vinieron los señores de Interagua, y me indicaron que no había ningún problema de su competencia… que la obstrucción seguramente sería interna… que revise las cajas del condominio. Así lo hice.
Entonces descubrí que, de la caja de desagüe ubicada en mi patio trasero, emergía un enorme árbol… de unos tres metros de altura, al menos. Se había abierto paso rompiendo la pesada tapa de concreto. No había vestigio de tierra a su alrededor. El árbol, literalmente nacía del cemento. ¿Un árbol había crecido en la caja de desagüe de mi casa? ¡No podía creerlo!
Inmediatamente pensé: “¡Increíble! La naturaleza se abre paso y nada la detiene.” Me pillé sonriendo en medio del asombro, y hasta diría que me regocijé con el hecho. Luego, mi cerebro racional habló: “¡Claro! Éste es el problema… sus raíces deben ser la causa de la obstrucción. ¡Qué fastidio! ¿Y ahora…  dónde consigo quien pueda realizar este trabajo?.” Sin respuesta en ese momento, me dije: “Bueno, ya llegará”.
Esta mañana tocó mi timbre don Pedro, el jardinero, que pasaba por aquí para ofrecer sus servicios -ya que desde la vereda de enfrente se puede apreciar que el monte se está comiendo al césped- Pero no pude autorizarle para que realice el trabajo, ya que el administrador del condominio estaba ausente, y yo no podía tomarme esa atribución. Pero sí podía pedirle que me diera la mano con el asunto de mi arbolito.
Negociamos el valor del trabajo: él pedía $20 por sacar el árbol, limpiar la caja de desagüe y desbrozar toda la maleza que había crecido en el patio. Regatee (porque aprendí culturalmente que al trabajador informal hay que regatearle, no así al médico,  al abogado, etc.) Quedamos en $15.
Dejé a don Pedro en el patio y subí a mi apartamento a seguir con mis tareas. No quería ver cómo cortaban el árbol. Tampoco quería ver qué material encontraría en esa caja… Imaginé que estaría llena de inmundicia, excremento… ¡qué se yo! Pero baje. Algo me hizo bajar. Entré a mi patio tapándome nariz y boca con la mano, discretamente. El árbol ya no estaba, y la caja destapada dejaba ver su contenido. Había lodo. Era solo lodo. Olía a lodo. Observé a don Pedro retirar el lodo con sus propias manos. Sin pala. Sin guantes. Eran sus manos desnudas en contacto con el lodo de mi casa. Mientras realizaba la labor, me comentaba de su trabajo, de lo que hace para vivir… Yo permanecí allí, observando, atentamente. Percibiendo ese mismo olor de cuando era niña y jugaba, haciendo pastelillos de lodo.
Don Pedro es un hombre mayor. No sé cuántos años tiene. Es difícil calcularle la edad a la gente que trabaja con las manos, bajo el sol.
Cuando concluyó su trabajo, le agradecí. Sentí una gratitud infinita por ese hombre que acababa de conocer: “Aquí tiene sus $20 don Pedro, se los ha ganado por hacer bien su trabajo y por haberme auxiliado en mi necesidad.”
“Así se trabaja.” –me respondió.
Mi árbol de Bhodi nació del lodo.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El mármol de mi cocina

El mármol de mi cocina se está cayendo a pedazos. Creo que comenzó a ocurrir a fines del año pasado o principios de éste, no recuerdo bien. Primero se desprendió una pieza pequeña, dejando ver una superficie rústica, color blanco hueso. Me incomodó el hecho. No es que me gustara el mármol, de hecho, no es el material que yo hubiera escogido para revestir los mesones de mi cocina, pero cuando la compré ya estaba así. Lo que pasa es que no deja de inquietar ver como tu cocina de desgrana…

De cuando en cuando se desploma otra pieza, la recojo y la guardo en una funda a la espera de que venga el obrero para que proceda a la reparación. Pero el obrero no viene. No lo he llamado.

El mármol es frío, y parecería que ya no se siente a gusto en mi cocina. Qué hago… Por hoy, seguiré cocinando. Me gusta el blanco hueso.

jueves, 13 de enero de 2011

De árboles y frutos

Una máxima budista dice: “Tu enemigo es tu maestro”. Entiéndase por “enemigo” aquella persona o situación que nos genera molestia o perturbación del ánimo. En realidad, el enemigo no está afuera: allá afuera no hay nada. Afuera es sólo un reflejo de adentro. ¿Por qué el enemigo es maestro? Porque nos ofrece la oportunidad de reconocernos en él, a fin de que podamos corregir o rectificar aquello que necesita ser mejorado, para que podamos avanzar en el camino hacia nuestra plena realización. El enemigo es un espejo, y desde esa perspectiva, no queda más que agradecerle por permitirnos ver.

Si no logramos vernos en ese espejo, si no nos reconocemos en él, nos quedamos atascados en la queja y el reclamo, en la negación y frustración de las emociones aflictivas que oscurecen nuestro entendimiento, queriendo convencernos de que la culpa es del otro. Y seguiremos generando “enemigos” allá afuera, como una sucesión de obstáculos que nos hacen dura y tediosa la existencia. Es como estar atrapados en la casa de los espejos, sintiéndonos sofocados por las imágenes distorsionadas que nos proyectan.

Cada dificultad, cada problema, cada dolor debe remitirnos a la pregunta ¿qué tengo que aprender de esta experiencia?

Las personas tenemos un ritmo, un tiempo y un momento para aprender. El aprendizaje se extrae de la vivencia. Conviene entonces respetar los tiempos de cada quien y dejar vivir.

Cierto es que en ocasiones, quien tiene el problema es alguien cercano, y quisiéramos que lo resolviera cuanto antes –pues de una u otra manera también nos afecta- pero tenemos que entender que ese problema no es nuestro, que la otra persona tiene que vivir su propio proceso.

¿El problema del otro no es nuestro? Tal vez sí, porque desde el momento en que nos llega es por algo. Somos entonces co-protagonistas, o al menos actores de reparto en la película del otro. Algo nos salpica. Algo también debemos aprender junto a él, con él.

Con frecuencia los padres “por mejor hacer” intervenimos en la vida de los hijos. Creemos saber lo que es mejor para él (o ella) y les cargamos con todo nuestro equipaje de conceptos, juicios, prejuicios y esquemas… ¡Ah! es tal la tentación de darles viviendo la vida ¿no? Además, como es hijo, nos ata un sentido de pertenencia, posesión y dominio sobre el objeto “hijo”, y es así como le decimos qué hacer en tal o cual situación, en lugar de preguntarle qué haría él. Porque es mejor y más rápido darles el alimento procesado para que sólo tenga que tragarlo, así solucionamos rápidamente el problema y sufrimos menos porque el hijo sufre menos… pero no aprende nada.

Tener paciencia. Saber esperar. Respetar su individualidad, sus tiempos y procesos de maduración. Ser espectador atento más que protagonista en la vida de los hijos. El árbol no se preocupa por la calidad de sus frutos; se ocupa de hundir la raíz en tierra fértil, fortificar su tronco y extender sus ramas al cielo para captar buena luz. El árbol sólo sabe ser árbol, y siendo buen árbol dará buenos frutos. A su tiempo.

domingo, 2 de enero de 2011

Ser y Hacer

Recuerdo que de niña, los adultos preguntaban ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Hoy me salta la pregunta ¿cuándo se es grande? Porque se puede llegar a adulto, pero ¿qué es ser grande? ¿Por qué interrumpir un presente infantil con cuestionamientos existencialistas de un futuro lejano? ¿Por qué interrogar a la oruga y querer tener hoy las respuestas de mañana?

La pregunta ¿Qué quieres ser? comunica al interlocutor la idea de que aún no es, dejando en la mente una sensación de escasez, de no estar completo, por lo tanto quiero ser…

En su lugar me gusta más ¿Qué quieres hacer? Porque el ser ya es, mientras que el hacer implica un espectro bastante amplio de posibilidades de realización.

Nos realizamos en el hacer. El hacer es actividad. El hacer es mutable, cambiante, activo, objetivo, universal.

El ser es nuestra esencia y está completo. El ser es estable, pasivo, subjetivo y particular.

Carteles como: abogado, médico, ingeniero, arquitecto, publicista, etc., no definen al ser, sólo identifican el hacer de una persona.

Por ello, personas que tienen múltiples intereses y actividades, que poseen dos o más profesiones o títulos académicos –en ocasiones inconexos unos con otros por obedecer a actividades de distinta naturaleza- o genios como Da Vinci, son difíciles de definir. Si formulamos la pregunta ¿Qué fue Da Vinci? habría que responder que fue pintor, inventor, anatomista, etc. Pero todas aquellas actividades que realizó Da Vinci en realidad definen su hacer. Da Vinci fue un ser, un hombre, y realizó múltiples actividades movido por su genio particular.

En el mundo de hoy se valida a la persona por su quehacer o quehaceres, por sus títulos académicos y de postgrados, porque el sistema así lo ha diseñado para diferenciarnos unos de otros, para facilitar el proceso de clasificación de las personas. Pero está probado que las acreditaciones no siempre son fiel reflejo del conocimiento, capacidad y competencia del sujeto que los ostenta.

El conocimiento es universal y hay más de una sola forma de acceder al mismo. Hay quienes primero realizan la trayectoria académica para luego pasar a la práctica de la disciplina u oficio aprendido, pero también hay quienes eligen aprender haciendo, y luego son nombrados Doctor Honoris Causa por las instituciones académicas. Hay quienes se sienten muy bien realizando el aprendizaje de manera dirigida, mientras para otros este sistema resulta incómodo y necesitan buscar por ellos mismos el camino hacia el conocimiento. A este grupo la sociedad los llama “autodidactas”.

El ser se realiza en el hacer, pero el hacer no puede definir en su totalidad al ser. El hacer no puede abarcar al ser.

El ser es inconmensurable. Es un universo de posibilidades que se revela en la medida en que, a través de nuestras elecciones y decisiones, vamos hilvanando los sucesivos hacer y hacer.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El Cuerpo


El cuerpo duele cuando no le damos lo que necesita.
El cuerpo es movimiento y acción.
Cuando los anhelos del alma se quedan estáticos en el mundo de las ideas, el cuerpo duele.
El cuerpo duele por exceso de trabajo o ausencia de éste.
Cuando logramos equilibrio entre cuerpo y mente, no hay dolor.


miércoles, 14 de abril de 2010

Frases Sueltas...

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Si quiero algo, lo busco; si lo busco, lo encuentro; si no lo encuentro, lo creo.

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Un buen líder no es aquel que ordena qué hacer, sino que enseña a hacer, haciendo.

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Quien es capaz de limpiar su propia mugre, es capaz de todo.

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Si no estás dispuesto a aceptar los desafíos domésticos, ¿qué te hace pensar que podrás afrontar los desafíos del mundo?

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El amor es el mayor motor. El conocimiento es el camino. La verdad es nuestro destino.

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viernes, 9 de abril de 2010

La Vida es un Juego


La vida es como los videojuegos: se comienza en un nivel básico, sin herramientas o con escasas o precarias herramientas. Las herramientas pueden presentarse en forma de armas, destrezas, poderes, rangos (dependiendo de la categoría del juego: acción, aventura, deporte, competencia, etc.). El juego está conformado por niveles; cada nivel tiene su grado de dificultad, el cual se va incrementando de manera progresiva. La dificultad de los distintos niveles son los obstáculos propios de cada juego, que el jugador deberá enfrentar y superar para poder avanzar a la siguiente etapa y continuar jugando. En la medida en que realiza acciones para enfrentar los obstáculos y los supera, el jugador adquiere nuevas herramientas con las cuales podrá afrontar nuevos y mayores desafíos. Es así como se gana el derecho de pasar al siguiente nivel. Pero en la dinámica del videojuego, la estrategia consiste en superar los obstáculos en ese mundo virtual, no en suprimirlos. Si se suprimieran los obstáculos, no habría juego.

De la misma manera, pretender erradicar, eliminar, matar o destruir todo aquello que nos molesta, nos desagrada o incomoda en el mundo real, es una postura pueril. Como en los videojuegos, en la medida en que nos enfrentamos a los obstáculos y dificultades, vamos endureciendo la piel, nos hacemos más fuertes. El propósito no es destruir el videojuego que nos desafía, sino adquirir el conocimiento y desarrollar las habilidades para avanzar hasta el final. Gana quien logra superar todos los niveles. Gana el que persevera; el que no se retira, no se rinde ni se frustra ante las dificultades. Gana el que usa su creatividad, ingenio e intuición para conducirse en ese mundo. Echa mano de sus recursos: a veces se mimetiza con el entorno, y en el momento oportuno, toma por asalto una posición estratégica que le permite vencer la dificultad y catapultarse a la siguiente posición.

Cada quien elije su juego, el que más le guste. Pero el jugador tendrá claro que sólo se gana el juego, jugando. Quejarse de la realidad del mundo es una pérdida de tiempo y de energía. Es tan solo una excusa, un vano intento de justificar -ante sí mismo y ante los demás- su inacción.

La satisfacción profunda y duradera que subyace a la sensación de logro a través del esfuerzo personal, no se compara con el placer pasajero y superficial que se experimenta con la adquisición facilista de las cosas. No es lo mismo ganar un trofeo o galardón por mérito propio, que obtenerlo por medios ilícitos, porque en definitiva, el valor no está en el objeto en sí ni en las alabanzas, sino en la conquista de sí mismo, en la plena conciencia de saberse digno de tal honor. Recurre al fraude, a la crítica y a la queja quien no se considera capaz de lograrlo por el camino del esfuerzo.

En los videojuegos, como en la vida, en definitiva gana quien logra descifrar el juego, y lo juega hasta el final.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Dónde está el Lobo?


“Juguemos en el bosque que el lobo no está aquí,
si el lobo aparece nos comerá.
¿Qué está haciendo el lobo?...”


Desde pequeños nos enseñaron a huir del lobo. Las rondas y los cuentos infantiles nos hablaban de un lobo malo. Un animal salvaje hambriento de carne humana. No había nada de bueno en el lobo, nada en él era rescatable. Sólo tenías que huir de él ¡Corre por tu vida!

Recuerdo el cuento de Caperucita Roja. Fue el primer cuento del que guardo memoria, y el que más veces me fue contado. No comprendía por qué me lo contaban tantas veces, si total a mí no me gustaba ese cuento… No terminaba de convencerme el cuento de que el lobo era malo. En lugar de identificarme con Caperucita y su dulce Abuelita, recuerdo haber sentido mucha simpatía y compasión por el lobo. La acción del cazador me parecía cruel: ¿por qué abrirle la panza al lobito para sacar a Caperucita y su Abuelita, y luego llenarlo con piedras? ¿las piedras no estaban demás?

Con el pasar de los años fui descubriendo que todo depredador tiene su presa, y ello es natural. Que el lobo es un animal asombroso. Que la Caperuza no es tan niña ni la Abuela tan dulce… y que el cazador es un mercenario más, de tantos que hay por allí.

El lobo es el arquetipo de lo salvaje –entendiendo por salvaje lo no culturizado, lo puro, sin corrupción-. El lobo es el instinto animal, el olfato, el conocimiento intuitivo, lo natural, lo esencial, lo básico; eso que tenemos en común todos los animales, y que el hombre civilizado ha pretendido olvidar… para diferenciarse –con aires de superioridad- de las demás especies.

Me gustan los lobos. Me gusta su abnegación por la manada y su fiereza. Me gusta su lealtad. Son una de las pocas especies monógamas que existe. Cazan en grupo y sólo matan para alimentarse, no por deporte. Me gusta la integridad del lobo.

Existe una notable diferencia entre el mono y el lobo, además de sus características morfológicas. Como bien anota Mark Rowlands, autor de El Filósofo y el Lobo: “Intriga y engaño son la esencia de la forma de inteligencia social que poseen simios y monos. Por algún motivo los lobos nunca recorrieron este camino.” Y continúa: “La maquinación y la mentira son la esencia de nuestra inteligencia superior.”

El mono es codicioso y calculador. Se deja deslumbrar fácilmente por el oropel. Si algo le atrae, de inmediato quiere poseerlo. “La idea de que el sentido de la vida es algo que se puede poseer es, intuyo, un legado de nuestra codiciosa alma símica. Para un simio tener es muy importante. Un simio se mide a sí mismo en términos de lo que tiene. En cambio, para un lobo lo crucial es ser, más que tener. Para un lobo lo más importante en la vida no es poseer una cosa o una cantidad de algo determinado, sino ser cierta clase de lobo.” Así nos dice Mark Rowlands, profesor de Filosofía de la Universidad de Miami, quien dice haber comprendido el sentido de la vida luego de haber vivido por más de diez años con un lobo llamado Brenin.

El lobo ha sido arrancado de nuestra psiquis, al igual que de nuestros centros urbanos. Si el lobo sintetiza nuestra naturaleza instintiva, y esta civilización nos ha privado de su presencia, ¿cómo reencontrarnos con el lobo? ¿Cómo saciar esta carne humana hambrienta del espíritu del animal salvaje?

¿Dónde está el lobo? Siento que muy cerca. Tan sólo es cuestión de quitarse la piel de oveja.

jueves, 28 de enero de 2010

Espejos


Al colocar un espejo frente al otro en una habitación, observo cómo la realidad del espacio entre ambos se refleja en uno y otro, una y otra vez hasta el infinito. Un efecto que causa fascinación, y una extraña sensación de dilución del Yo en esos espacios ficticios y eternos.

Me pregunto hasta qué punto la realidad que construyo es real, o sólo una proyección de proyecciones de otros. Si acaso somos espejos reflejando realidades virtuales, replicando las formas e imágenes de otros… eternamente. Qué tan real es que yo construyo mi realidad, o es sólo la proyección de un holograma predeterminado por una memoria que tiene grabada la información condicionada, y en el día a día, automáticamente, reproducimos o descargamos esos contenidos en el espacio-tiempo que nos es dado…

Cómo vernos la cara, sino es mediante un espejo… Entonces, las personas con quienes me relaciono, de menos a más cercanas, tienen algo o mucho que decirme de mí misma. Entonces, mis circunstancias de vida y situaciones que se me presentan, me están reflejando y me puedo ver en ellas.

Luego, puedo verme. Al ver lo feo o desagradable que me ocurre, puedo conocerme mejor. Aprendo más de mí misma. Lo incorporo y avanzo. Si no es así, es que estoy ciega, haciendo de espejo ante otro espejo y replicando la realidad –el drama- una y otra vez, eternamente.


viernes, 4 de diciembre de 2009

Encontrando a Bergson


Buscando el concepto de intuición, encontré la siguiente definición en el diccionario Larousse: “conocimiento claro, recto o inmediato de verdades que penetran en nuestro espíritu sin necesidad de razonamiento”. Y fue así como de intuición pasé a intuicionismo y de allí a Bergson.

Henri Bergson, filósofo francés de origen judío (París, 1859 - 1941), llamado el filósofo de la intuición, fue una de las figuras más notables del siglo XX. Su pensamiento surge como reacción al excesivo racionalismo científico de la época. Su objetivo fue la defensa de la creatividad y de la conciencia o espíritu. Bergson poseía una sólida formación en matemáticas y ciencias, siendo una voz autorizada para abordar problemas de esas áreas. Exponía sus ideas con lenguaje metafórico, haciendo gala de un estilo literario lleno de imágenes y evocaciones sugerentes, desusado en el campo de la filosofía. Fue su singular estilo el que lo hizo acreedor al Premio Nobel de Literatura en 1927.

Encontrar a Bergson ha constituido para mí un verdadero hallazgo… Hasta ahora nunca había oído hablar de él, siendo que siempre anduve transitando, de una u otra manera, por los caminos de las Ciencias Sociales, la Filosofía y las Letras. Un respiro, una bocanada de oxígeno puro en medio del sofocante racionalismo y materialismo-consumista de nuestros días, así definiría mi experiencia al encontrar a este pensador.

La Neurociencia, con ayuda de la tecnología y sus equipos de diagnóstico por imágenes, nos permiten estudiar y conocer el funcionamiento del cerebro vivo. Místicos cristianos y budistas se prestan para colaborar con los científicos en sus investigaciones. La ciencia recién está intentando dar explicación a los fenómenos del alma humana. El hemisferio izquierdo, con su pensamiento digital, es el cerebro racional (lógico matemático, lenguaje, consciente); el hemisferio derecho, con su pensamiento analógico, es el cerebro intuitivo (creatividad, simbolismo, música, expresión gráfica, inconsciente) Me queda claro que el acceso al conocimiento no es privilegio único del cerebro racional. Existe un camino lateral que nos revela verdades que resultan inconmensurables a la razón.

Alguna vez dije que la dicotomía razón/intuición es comparable a caminar con ambos pies, izquierdo y derecho, pero por alguna razón insistimos en usar más el uno que el otro, lo cual nos hace cojear. En el mundo práctico, en los asuntos cotidianos de la vida, la razón nos es útil y necesaria. Pero si nos limitamos a funcionar sólo desde el pragmatismo racionalista, desde el paradigma de lo científicamente demostrable y matemáticamente medible, nos corroe el vacío interior, el nihilismo –como lo llamó Nietzsche- pues hay muchas cosas a las cuales no le hallamos el sentido porque escapan a nuestro entendimiento racional. Existen verdades a las que se puede acceder únicamente desde lo intuitivo, desde lo inexpresable, porque constituyen una experiencia directa del ser. ¿Cómo explicar la música, el arte, la poesía? ¿Cómo explicar el trance creativo; la íntima comunicación con otros seres, humanos o animales, sin necesidad de palabras? ¿Cómo explicar una experiencia mística, sino es viviéndola, sintiéndola?

Bergson nos invita a explorar ese camino lateral. No se trata de descalificar el camino racional, sino más bien, de ensayar otras habilidades que están allí para ser descubiertas. Pero ¿por qué nos resistimos a experimentar? ¿qué nos detiene? ¿a qué le tememos? ¿Por qué insistimos en el camino seguro de lo conocido? ¿Por qué insistimos en querer analizarlo todo, en categorizar, calificar, cuantificar, conceptualizar, medir y comprobar? ¿Por qué nos cuesta tanto abordar la experiencia vital de una manera más espontánea y directa, sin tener que pasarla por el tamiz del juicio racional?

La Física Cuántica nos revela nueva información que ponen a tambalear los conceptos de espacio y tiempo establecidos por la Física tradicional (Bergson también abordó este tema de manera magistral, y lo hizo antes que los cuánticos expusieran sus teorías). No todo está dicho, aún hay mucho por descubrir. Lo menos que podemos hacer es dejar una ventana abierta a la posibilidad de que no todo lo tenemos en control. Y talvez éste sea el punto. Quizás al ser humano le desquicia no tener el control absoluto sobre todas las cosas y situaciones que a él le conciernen. El afán de control denota inseguridad. Entonces, quizás sea nuestra inseguridad lo que nos detiene.

La inseguridad nos lleva a aferrarnos a las cosas, en el orden de lo material o de las relaciones humanas. Nos aferramos a los objetos o a otros sujetos. Entonces, ese apego se convierte en un fardo pesado que nos impide elevarnos. No ha de ser casualidad que aquellos individuos que son considerados más espirituales sean más desprendidos. Siendo así, cobra sentido la analogía del rico y el camello pasando por el ojo de una aguja. No es la cantidad de bienes materiales lo que nos impide acceder al reino de los cielos, sino el apego que sintamos por ellos. Entendiendo también que ese reino de los cielos no tiene porqué ser necesariamente un espacio concreto que nos espera luego de la muerte física, pues lo concreto sólo lo podemos experimentar en este plano de la existencia. En este sentido, podríamos experimentar el reino de los cielos aquí y ahora, en la medida en que nos desprendamos de las ataduras que nos ligan al sufrimiento que nos produce el apego.

Apego a las costumbres, a las creencias, a los bienes materiales, a las relaciones, a las adicciones... Apego al Yo y a lo mío, que nos distancia de los demás. ¡Ah!, si pudiéramos abordar la vida con la flexibilidad y naturalidad con la que lo hacen los niños, quienes aún no han desarrollado su corteza pre-frontal donde radica el juicio. Si pudiéramos enfrentar los cambios y situaciones nuevas con la frescura que ellos lo hacen… sin resistencia. “Sed como niños”, dijo el Maestro. Ahora entiendo.

Encontrar a Bergson ha sido un hecho feliz. Encontré un amigo inspirador, que burlando las diferencias de espacio y tiempo, llegó hasta mí para coincidir en el pensar y sentir.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La Flor del Nenúfar



El nenúfar, también conocida como loto o lirio acuático, es una planta de la familia de las ninfeáceas que se caracteriza por crecer en los estanques y pantanos, allí donde el nivel de oxígeno es escaso y por lo tanto, las condiciones para la vida son adversas. Sus hojas, un tanto gruesas, son de forma redondeada. Sus flores pueden ser de color blanco, rosa, amarillo o lila. También las hay en color azul, aunque son más raras.

En Oriente la flor del loto tiene un gran significado espiritual. Es considerada un símbolo de la transmutación del sufrimiento humano en iluminación. Dicen que el loto nos recuerda que, aún en medio de la suciedad y el caos, puede florecer en cada uno el ser de luz que llevamos dentro.

Hay tantas flores de indescriptible belleza, como la romántica rosa o la sofisticada orquídea, que sería injusto compararlas para elegir una, porque todas se brindan generosamente para maravillarnos con su gracia particular. Pero encuentro en la flor del nenúfar -como la conocemos en Occidente- una simplicidad y modestia que conmueve.

No compite por belleza o por aroma, en realidad sencillamente no compite. Sólo permanece allí, contribuyendo con su presencia para suavizar el diseño natural del paisaje. De cuando en cuando una criatura se posa en una de sus hojas y le canta al oído. Pueda que para el mundo sea sólo un sapo, pero quizás para ella sea un príncipe encantado que le trae historias de lugares lejanos.

El sapo brinca, salta de aquí para allá explorando, cazando moscas y otros insectos. En su diario recorrido descubre cosas interesante para luego, caída la tarde, cuando la luz del sol y la temperatura le recuerdan que se acerca la noche, dejarse caer pesadamente sobre las hojas y contarle al nenúfar sus aventuras.

El sapo necesita del nenúfar para tomar un descanso en su agitada vida. El nenúfar necesita del sapo para conocer del mundo fuera del estanque. Es que no está en su naturaleza el brincar, porque aunque se la ve como si estuviera flotando sobre el agua, en realidad ella tiene raíces profundas que la sostienen, la nutren y la mantienen conectada al cieno.

El sapo y el nenúfar son buenos amigos, aún siendo tan distintos. Son buenos amigos porque respetan sus diferencias y más bien, son esas diferencias las que enriquecen su relación. Cada uno sabe quién es. El nenúfar no pretende emular la movilidad del sapo, ni el sapo anhela la pasividad del nenúfar. Ambos saben que están allí con un propósito específico: dar color y vida al pantano.

Difícilmente veremos un bouquet de nenúfares ofrecido como presente, no se estila. Talvez porque sus grandes hojas y enormes raíces ocupen mucho espacio, o puedan resultar una visión grotesca, entonces la belleza de su flor se vería eclipsada por esa manía que tenemos los humanos de concentrarnos en lo feo. A la flor del nenúfar sólo la podemos apreciar en su entorno natural. Quien quiera cultivar nenúfares en su propiedad deberá crear las condiciones adecuadas para su supervivencia, es decir, construir un estanque.

Porque es en la quietud del agua en reposo que el nenúfar florece. Es en la plácida región de una mente serena donde florece la sabiduría.


martes, 17 de noviembre de 2009

Piel de Serpiente


Un tema que cautiva mi atención es el relacionado con las creencias. Me resulta fascinante observar y constatar cómo nuestras creencias van modelando nuestra existencia, es decir, vamos por la vida funcionando, haciendo y deshaciendo en virtud de nuestro sistema de creencias, de aquellos comandos instalados en nuestra mente. Pero ¿quién los instaló? ¿cómo llegaron allí? pensando rápidamente diría que unos fueron instalados tempranamente en los primeros años de vida, sin nuestro conocimiento ni consentimiento previo, simplemente el entorno familiar y social hizo su trabajo; más tarde, otros llegaron -o fueron buscados- y se asentaron en nuestra psiquis, por propia elección. Así, nuevas creencias pasaron a reemplazar, complementar o reforzar las anteriores.

Lo gracioso de esto es que todos tenemos creencias, aún quienes dicen no creer en nada. De hecho, no creer en nada ya es una creencia, una creencia que además denota un pobre conocimiento de sí mismo. Pero ¿por qué es importante identificar nuestras creencias? quizás porque reconocer en qué estamos creyendo en este preciso momento nos permite vivir de manera más consciente, tomando decisiones e implementando acciones movidos por una mente clara, y no como resultado de respuestas mecánicas, por lo ya aprendido de experiencias pasadas, como si fuésemos autómatas (reproducir las experiencias pasadas con el justificativo de que funcionó en su momento, sin analizar si su aplicación es viable y conveniente a la situación presente, ignorando la dinámica del cambio así como la capacidad creativa del ser humano, nos mantendría hasta el momento chocando piedras para encender el fuego). A esto le podríamos llamar holgazanería intelectual. Quizás sea más cómodo repetir lo ya conocido sin tener que pensar, pero no siempre es lo más adecuado.

Cuando actuamos de manera inconsciente los resultados podrían no ser de nuestro agrado, pero como ignoramos que somos los autores responsables del hecho, nos sentimos perjudicados y nos consideramos víctimas de las circunstancias o de los demás, colocando la responsabilidad fuera de nosotros. Entonces decimos frases como "la vida es injusta" o "la culpa es de ... (determinada persona o situación)".

"En la vida no hay premios ni castigos, sino consecuencias" -Robert Green Ingersoll.

Con frecuencia el término creencias se lo relaciona con lo espiritual o trascendente a la experiencia humana, es decir, al sistema de creencias que constituyen las diferentes religiones y tradiciones milenarias que existen alrededor del mundo. Por eso es frecuente escuchar declaraciones como "no creo en nada", referente a la probabilidad de concebir la existencia de un ser superior, mundos paralelos -entre otros. Sin embargo, vemos a la misma persona entregarse de lleno, con toda su energía y capacidad productiva, a la consecución de un objetivo específico. Lo cual me indica que esta persona cree firmemente en que las cosas se logran con esfuerzo y acción, en contraposición con otra persona que desee obtener lo mismo, pero en lugar de actuar, manifiesta una actitud pasiva. Entonces esta persona expresa una creencia de "ya me llegará". ¿Cuál de las dos creencias es la correcta? ¿una es mejor que otra? Probablemente la creencia correcta o adecuada es la que mejor le funcione a cada quién.

Me llevó mucho tiempo comprender que no existe una manera correcta de vivir. Tuve que experimentar muchas veces -como el gato Silvestre tratando de cargar el mosquete: primero la pólvora, luego las municiones, luego el taco...- hasta encontrar la fórmula adecuada para mí. Muchas veces el mosquete me estalló en la cara.

Habiendo entendido que no hay una sola forma, que existen muchos modelos y caminos, debía indagar de manera incisiva en mi patrón de creencias para detectar cuáles en verdad me eran útiles y cuáles estaban ya obsoletas y obstruyendo mi paso hacia la construcción de una realidad más satisfactoria, menos rígida, más amigable.

Gracias a la Programación Neuro-Lingüística, aprendí que para remover una creencia indeseable debemos tener otra lista para ser implantada. ¿Por qué? porque los seres humanos necesitamos creer.

Hace poco viví una situación personal que tiró abajo una creencia, de esas megalíticas. Como es de suponer, el efecto fue devastador... La tierra se partió en dos, el cielo se oscureció, y la nube de polvo y escombros cortaba los ojos. Sólo se sentía el frío de la incertidumbre calando los huesos. Cuando cae un megalito se siente. Al principio, el desasosiego es tal que uno no alcanza ni siquiera a atinar con la pregunta correcta. Pero en el tiempo todo se disipa, la tierra cicatriza, el polvo se asienta, y uno puede abrir los ojos lentamente para constatar que el paisaje ha cambiado. El megalito ya no está, y en su lugar se vislumbra un sendero que siempre estuvo allí, pero que me era imposible ver porque la gran piedra lo tapaba.

Entonces comprendí que la pérdida es también encuentro. Que lo que conocemos como muerte es sólo transformación. Y que lo único permanente es el cambio. Que las creencias son como piel de serpiente: nos acompaña de principio a fin, pero se va mudando a medida que se crece.

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Por qué Pensando en Voz Alta?



He pensado tanto que de tanto pensar, el pensamiento desarrolló voz propia y se escapó de mí.

Un buen día me sorprendió reclamando su espacio y alzó su voz, aduciendo que mi cabeza le quedaba pequeña. Por mucho tiempo intenté reprimirlo, someterlo… fue una lucha, una verdadera pugna de poderes: yo no le permitía expresarse a sus anchas, y él se hacía sentir, partiéndome la cabeza de puro dolor.

Los años pasan, y con ellos la sabiduría crece a la par que las fuerzas menguan. Me cansé de controlar y del dolor que ello causa, así que decidí soltar el pensamiento, concederle la libertad que reclamaba y dejarlo fluir.

Pensando en Voz Alta es su espacio. Veamos qué hace con él (al menos dejará de dolerme la cabeza).